miércoles, 27 de abril de 2011

Mal de escuela (Pennac, 2007). Capítulo n.º 2

DEVENIR
Tengo doce años y medio y no he hecho nada.

     Me ha parecido un capítulo fantástico, esta vez no he tenido que acudir rápidamente a mi teclado para expresar mis sensaciones. Lo que he hecho ha sido irme a correr, actividad que siempre me ayuda a poner en orden mis pensamientos. Dentro de este capítulo he encontrado varias temáticas que voy a ir descomponiendo en los siguientes párrafos.
     El capítulo comienza con el espíritu del anterior, Daniel sigue hablando de sentimientos, solo que esta vez se refiere a los padres. La descripción de los distintos tipos de madres que realiza el autor a raíz de sus experiencias vividas me parece genial. Muchas veces nosotros no somos conscientes de cómo lo pueden estar pasando realmente nuestros padres, nos parecen que exageran, que están desfasados, que son unos pesados… y sin embargo, normalmente toda esa preocupación viene precedida del amor que sienten por nosotros. Eso sí, es cierto que si no se sabe canalizar esas preocupaciones de la forma adecuada, acabe suponiendo más presión para el niño, que unida a la que pueda estar sufriendo en la escuela, supone una losa todavía mayor que lo condena si cabe, más.
     Es cierto, el devenir, el futuro, es motivo de preocupación para los padres. Ellos desean una vida mejor para nosotros, mejor que la que ellos tuvieron en su día, en definitiva, quieren lo mejor para nosotros. El problema de todos esos proyectos que diseñan cual mejor arquitecto desde que nacemos, es que no sean realistas, o que no sean lo que realmente quiere un niño. Esto lo encontramos mucho en el mundo del deporte. Padres que ya se ven como mánagers de futuros Rafas Nadals, Pau Gasoles, y Mesis y que acaban quemando a sus hijos con tanta presión. Encima, si luego el niño no logra llegar a esas metas (cosa muy frecuente), y le enviamos mensajes negativos y apocalípticos tipo los que señala Pennac, como “no llegarás a nada” “nunca lo conseguirás”, etc. acaba por frustrarse y sentirse peor. De ahí a que esté de acuerdo con el autor, en que muchas veces lo mejor es esperar, dejar que el niño vaya madurando, hay ocasiones en las cuales el que pase el tiempo es la mejor solución, mientras se le apoye y se le dé mensajes positivos. Para terminar con esta idea, cito uno de los fragmentos del capítulo: “Algunos chicos se persuaden muy pronto de que las cosas son así, y si no encuentran a nadie que los desengañe, como no pueden vivir sin pasión, desarrollan, a falta de algo mejor, la pasión del fracaso”. (Pennac, 2007:53).
     No son solo pueden ser los padres y profesores quienes mandan mensajes negativos a los niños, sino como también apunta Daniel, toda la sociedad en sí. De ahí que me haya encantado la metáfora que utiliza el autor de la cebolla. Los alumnos llegan a las aulas cargados de capas de mensajes negativos, (miedo, pesadumbre, deseos insatisfechos, mentiras…), que les impide ser ellos mismos en clase. De ahí que el profesor tenga que “desnudar” al alumno y quitarle esa carga, y cito de nuevo un fragmento del libro, ya que lo veo muy recurrente y necesario: “Es difícil explicar, pero a menudo solo basta una mirada, una palabra amable, una frase de adulto confiado, claro y estable, para disolver esos pesares, aliviar esos espíritus, instalarlos en un presente rigurosamente indicativo”. (Pennac, 2007:60).
     El profesor no debería ser la única figura que ejerciera la idea anterior, pero el que otros ámbitos (familia, estado, medios de comunicación…) eludan de  sus respectivas responsabilidades, no quiere decir que el profesor pase de ello. El niño no puede ser como dice Pennac, una “patata caliente”, que pase de unos a otros sin que nadie la coja y acabe por los suelos. Hay que cogerla, quemarse un poco si hace falta y ayudarle. En ese sentido, me ha encantado conocer cómo un profesor de de francés le salvó. Fíjate tú, Daniel descubrió su pasión, aquello que le llenaba, gracias a que a un docente se le ocurriera mandarle algo distinto al resto. Los seres humanos somos diferentes, por ello, no pasa nada si en momentos puntuales un profesor manda trabajos distintos a sus alumnos. No son agravios comparativos, sino escuchar y llegar a entender a las personas y darles aquello que necesitan. Daniel descubrió su pasión por la lectura y por la escritura, que terminó desembocando por la necesidad de enseñar. ¡Qué hermoso trinomio ese de Leer-escribir-enseñar! No me extiendo más en este punto, para conocer más a Daniel, y su pasión por los libros, tengo que volver a recomendar la lectura de Cómo una novela, ¿Todavía no lo habéis leído?
     Al final, como señala Pennac, “se llega”, uno se apaña con lo que es y acaba llegando algún lugar. En su caso,  maestro y novelista. La parte final del capítulo la dedica a rememorar episodios de encuentros con ex alumnos. Ha sido una parte muy entrañable, ya que muestra cómo a pesar de que por su vida pasasen miles y miles alumnos, perdurará siempre en su corazón el recuerdo de la esencia de ellos, y en los chavales ahora ya mayores, también perdura el recuerdo de un buen profesor. Esa puede ser una de las gratas recompensas de un docente, tener la posibilidad de dejar huella (en sentido positivo) en personas. Dicho esto, me vuelvo a la cama a por el próximo capítulo…

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